Apego: no te relacionas así porque sí. Quizá aprendiste a protegerte de esa manera.
¿Cuando tienes miedo, te acercas o te alejas? A veces, nuestra forma de vincularnos también es una forma de protegernos
10/22/20267 min read


Hay personas que, cuando sienten que alguien se distancia, necesitan acercarse todavía más. Otras, cuando una relación se vuelve demasiado íntima, sienten la necesidad de tomar distancia. Y algunas viven ambas cosas: desean profundamente sentirse queridas, pero les cuesta relajarse cuando alguien se acerca.
Quizá te reconoces en alguna de estas situaciones. Quizá te ha pasado en una relación de pareja, con una amistad o incluso con alguien a quien quieres mucho, pero con quien te cuesta sentirte del todo a gusto.
A veces pensamos que somos demasiado sensibles, que necesitamos demasiado de los demás o que nos cuesta confiar. Otras veces nos convencemos de que es mejor no depender de nadie, no mostrar demasiado lo que sentimos o resolverlo todo por nuestra cuenta.
Pero ¿y si, en lugar de preguntarnos qué nos pasa, empezáramos a preguntarnos qué hemos aprendido sobre la seguridad en nuestras relaciones?
Aquí es donde entra en juego el apego.
¿Qué tiene que ver el apego con nuestra forma de relacionarnos?
El apego es el vínculo emocional que nos lleva a buscar cercanía, protección y seguridad en determinadas personas, especialmente cuando sentimos miedo, incertidumbre o malestar.
Desde pequeños necesitamos que alguien nos cuide, nos ayude a regular lo que sentimos y nos haga sentir que no estamos solos ante las dificultades. A través de esas experiencias vamos construyendo, poco a poco, una idea de cómo funcionan las relaciones: si podemos confiar en los demás, si nuestras necesidades importan, si podemos pedir ayuda o si tenemos que arreglárnoslas por nuestra cuenta.
Y ese aprendizaje no siempre se hace con palabras. También aprendemos de lo que ocurre cuando lloramos, cuando tenemos miedo, cuando necesitamos consuelo o cuando intentamos acercarnos a alguien.
Con el tiempo, algunas de estas experiencias pueden influir en nuestra manera de vivir las relaciones adultas.
Por ejemplo, si la distancia de alguien importante nos genera mucha angustia, quizá nos cueste tolerar la incertidumbre. Si expresar lo que sentimos nos resulta incómodo, puede que hayamos aprendido a guardar nuestras emociones para nosotros mismos.
Esto no significa que nuestra infancia determine por completo quiénes somos. Ni que todas nuestras dificultades actuales tengan su origen en ella. Las experiencias posteriores también importan, y nuestra forma de vincularnos puede cambiar.
El apego es una manera de comprendernos, no una explicación para todo.
A veces buscamos cercanía. Otras veces, distancia.
Cuando hablamos de apego, es fácil caer en las etiquetas: apego ansioso, evitativo, seguro… Como si bastara con identificar una categoría para entender cómo somos en las relaciones.
Sin embargo, las personas somos bastante más complejas que eso. Podemos reaccionar de maneras distintas según la relación, el momento que atravesamos o lo que sentimos que está en juego.
Lo interesante es observar qué hacemos cuando necesitamos sentirnos seguros.
A veces, el miedo nos lleva a buscar más cercanía.
Si alguien tarda en contestarnos, está más distante o parece menos disponible, podemos empezar a imaginar que algo va mal. Damos vueltas a la situación, buscamos explicaciones y sentimos la necesidad de hablar cuanto antes para recuperar la tranquilidad.
En esos momentos, no siempre estamos reaccionando únicamente a lo que está ocurriendo. También puede influir lo que tememos que ocurra.
La incertidumbre puede activar el miedo al rechazo, a no ser importantes o a que la relación termine. Y, cuanto más difícil nos resulta tolerar ese miedo, más necesitamos obtener una respuesta que nos tranquilice.
Otras veces, el miedo nos lleva a tomar distancia.
Cuando una conversación se vuelve emocional, quizá cambiamos de tema, nos cerramos o preferimos estar solos. Puede que nos cueste pedir ayuda, expresar nuestras necesidades o reconocer cuánto nos afecta algo.
Desde fuera, puede parecer que no necesitamos a nadie. Pero ser independiente no es lo mismo que sentir que no podemos apoyarnos en los demás.
En ocasiones, mantener cierta distancia emocional puede ser una forma de protegernos de la incomodidad que nos genera depender de alguien, mostrar vulnerabilidad o arriesgarnos a que nos hagan daño.
Y también hay personas que experimentan ambas respuestas: desean sentirse cerca de alguien, pero cuando esa cercanía llega, aparece la desconfianza o el miedo.
Ninguna de estas reacciones permite definir por sí sola a una persona. Para comprenderlas, necesitamos mirar más allá de la conducta y preguntarnos qué está sintiendo, qué teme y qué necesita.
No se trata de buscar culpables, sino de comprender nuestra historia
Nuestras formas de relacionarnos no aparecen de la nada. Se van construyendo a través de experiencias, aprendizajes y vínculos que nos han ido enseñando, de una manera u otra, qué podemos esperar de los demás.
Quizá aprendiste a no pedir demasiado porque sentías que tus necesidades molestaban. Quizá te acostumbraste a estar pendiente del estado de ánimo de los demás para anticiparte a los problemas. O quizá descubriste que mostrar tristeza o pedir consuelo no siempre encontraba una respuesta.
También es posible que hayas crecido en un entorno afectuoso y que, más adelante, hayas vivido una relación que dañara tu confianza. No hay una única historia detrás de una misma reacción.
A veces, determinadas formas de protegernos fueron útiles en circunstancias difíciles. Estar pendiente de los demás pudo ayudarnos a anticipar situaciones desagradables. No mostrar nuestras emociones pudo evitar que nos sintiéramos expuestos. Aprender a resolver las cosas por nuestra cuenta pudo darnos una sensación de control.
El problema aparece cuando esas respuestas se mantienen incluso en situaciones en las que ya no nos ayudan.
Por eso, comprender nuestro apego no consiste en culpar a nuestros padres, encontrar una causa para cada dificultad o revisar el pasado buscando necesariamente una experiencia traumática.
Consiste en reconocer que nuestra historia puede influir en cómo nos sentimos hoy y que entender esa influencia nos permite empezar a responder de otra manera.
¿Podemos aprender a relacionarnos de una forma más segura?
Sí. Y esto es importante, porque hablar de apego no debería llevarnos a pensar que estamos condenados a repetir siempre los mismos patrones.
Desarrollar una mayor seguridad emocional no significa dejar de sentir miedo, no necesitar a nadie o conseguir que ninguna relación nos afecte.
Significa poder sentir incertidumbre sin que esta nos desborde; expresar lo que necesitamos sin interpretar automáticamente que estamos molestando; apoyarnos en alguien sin sentir que perdemos nuestra autonomía; y tomar distancia cuando la necesitamos sin tener que desconectarnos por completo de nuestras emociones.
Es un proceso que puede empezar con pequeños cambios.
Aprender a reconocer lo que sentimos. Antes de reaccionar, podemos intentar identificar qué ha ocurrido en nuestro interior. ¿Estoy triste, tengo miedo, me siento rechazado o necesito claridad? Poner nombre a lo que sentimos nos ayuda a comprender mejor nuestra reacción.
Distinguir lo que ocurre de lo que tememos. Que alguien esté más callado no significa necesariamente que haya dejado de querernos. Del mismo modo, sentir incomodidad ante la cercanía no significa que una relación sea necesariamente una amenaza. Podemos aprender a observar los hechos sin dar por ciertas todas nuestras interpretaciones.
Expresar nuestras necesidades. En lugar de esperar que los demás adivinen lo que nos pasa, podemos practicar cómo pedir apoyo, comunicar un límite o explicar que necesitamos hablar. No siempre obtendremos la respuesta que deseamos, pero expresar lo que necesitamos es una forma de cuidarnos.
Construir relaciones en las que haya seguridad. Los vínculos en los que podemos mostrarnos como somos, expresar desacuerdos, respetar nuestros límites y reparar los conflictos pueden ayudarnos a desarrollar nuevas experiencias de confianza. No se trata de encontrar relaciones perfectas, sino relaciones en las que haya espacio para el respeto, la comunicación y el cuidado mutuo.
Cuando estas dificultades generan mucho sufrimiento o se repiten de forma persistente, la psicoterapia también puede ofrecer un espacio para comprenderlas y trabajar sobre ellas.
No tenemos que hacerlo todo solos ni cambiar de un día para otro.
Una pregunta para empezar a conocerte mejor
La próxima vez que notes que una relación te genera malestar, intenta detenerte un momento y preguntarte:
¿Qué estoy intentando proteger en este momento?
Quizá estés intentando protegerte del rechazo, de la incertidumbre, de sentirte vulnerable o de necesitar a alguien que podría no estar disponible.
No necesitas encontrar una respuesta inmediata. Tampoco juzgarte por lo que descubras.
A veces, detrás de una reacción que no entendemos hay una necesidad que todavía no sabemos expresar, un miedo que nos cuesta reconocer o una forma de protegernos que hemos repetido durante mucho tiempo.
Mirarnos con curiosidad, en lugar de hacerlo desde la culpa, puede ser un primer paso para empezar a cambiar.
Porque comprender por qué reaccionamos como reaccionamos no significa justificar todo lo que hacemos. Significa tener más posibilidades de elegir cómo queremos actuar.
Y quizá ahí esté una de las claves de la seguridad emocional: aprender que podemos sentir miedo sin dejar que decida siempre por nosotros, necesitar a los demás sin perder nuestra autonomía y construir relaciones en las que no tengamos que elegir constantemente entre acercarnos y protegernos.
No eres una etiqueta ni estás condenado a repetir tu historia. Puedes comprender lo que has aprendido y descubrir nuevas formas de relacionarte contigo y con los demás.
Para profundizar
Lecturas recomendadas
González, A. (2017). No soy yo: Entendiendo el trauma complejo, el apego y la disociación.
González, A. (2023). ¿Por dónde se sale? Cómo deshacer el miedo, aliviar el malestar psicológico y adquirir un apego seguro. Editorial Planeta.
González, A. (2024). Entender y evaluar el apego: De las experiencias tempranas al modelo mental. Imaya Editorial.
González, A. (2025). Lo que no pasó: Cómo curar las heridas que nos dejan el abandono, la ausencia y las pérdidas. Editorial Planeta.
Puedes consultar las publicaciones de la autora en su web oficial.
Referencias bibliograficas
Fraley, R. C. (2019). Attachment in Adulthood: Recent Developments, Emerging Debates, and Future Directions. Annual Review of Psychology, 70, 401–422. Leer el artículo.
Hazan, C., & Shaver, P. R. (1987). Romantic love conceptualized as an attachment process. Journal of Personality and Social Psychology, 52(3), 511–524. Leer el artículo.
Levy, K. N., Kivity, Y., Johnson, B. N., & Gooch, C. V. (2018). Adult attachment as a predictor and moderator of psychotherapy outcome: A meta-analysis. Journal of Clinical Psychology, 74(11), 1996–2013. Consultar la publicación.
Este artículo tiene una finalidad divulgativa. Las situaciones descritas son ejemplos orientativos y no permiten determinar por sí solas el patrón de apego ni las causas de las dificultades de una persona.
Beatriz Cerezuela
PSICOLOGA GENERAL SANITARIA · Colegiada P-3351
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